Así le pasaba a Moisés.
El mismo Moisés del que Dios había dicho que traería salvación a su pueblo.
Moisés se encontraba rondando en el desierto, viendo siempre lo mismo a su alrededor: arena.
Había salido de Egipto y por ayudar a unas muchachas terminó en la casa de un tal Jetro, padre de una de esas señoritas que se convertiría en su esposa.
Un día, como de costumbre -después de todo, la costumbre era lo que había cansado tanto a Moisés- salió a apacentar las ovejas de su suegro y llegó hasta un monte.
Allí, dice La Biblia en Éxodo 3, que un ángel se le apareció a él en medio de una "zarza ardiente"; un arbusto prendido fuego que ardía y ardía, pero no se consumía.
A Moisés le llamó la atención ésto, y se acercó.
Allí Dios le habló.
Sí, en medio del desierto.
Ese mismo desierto por el que él se paseaba día tras día.
Y le dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.
Éxodo 3:5
¿Te das cuenta lo que sucedió?
La misma tierra que Moisés pisaba todos los días, es la tierra que Dios le dijo que era tierra santa.
Hasta le pidió que se sacara el calzado de sus pies.
Tu realidad, tu presente, tu situación actual. Lo que hoy estás viviendo...
Dios dice "tierra santa es".
El lugar por el que hoy te toca transitar, es un lugar que Dios ha destinado para ti.
Y aunque estés acostumbrado a eso, cansado de eso, o creas que es un simple e interminable desierto, Dios sigue diciendo que quites el calzado de tus pies: es lugar santo.
